Capítulo 4: El juzgómetro, mejor apagado.



 

Todos tenemos esa App instalada

Cuando nacemos, tenemos un sistema operativo con las aplicaciones necesarias para vivir (y vivir felices). La app de comer, dormir, sentirnos queridos, querer, ser felices con un palo, un papel de bolitas que se explotan... La vida es fácil y somos felices con muy poco.  

Al crecer vamos instalando nuevas aplicaciones, algunas innecesarias, que hacen que nuestro sistema de la felicidad funcione bastante peor*. Instalamos la app de las obligaciones, los deseos, la envidia, la culpabilidad... Y una de las más fáciles de desactivar: el juzgómetro. 

Juzgamos más que sonreímos

Es inevitable que juzguemos por defecto. Como todo en esta vida, los buenos hábitos necesitan su práctica. En plena pandemia del Coronavirus, todos nos hemos visto expuestos a situaciones un tanto complicadas y alguno que otro, en situaciones límite.

¿Cómo no voy a juzgar el comportamiento de aquel que sale a pasear 7 veces con su perro y sus 3 hijos en patinete, cuando mi hija lleva X días encerrada y les mira con curiosidad por la ventana?
Claro que me sienta mal, por supuesto, este es el primer sentimiento. Y todos (o casi todos), durante esta crisis, hemos sido "policías de balcón". Miras por la ventana pensando en los tiempos mejores, encerrado en tu piso sin terraza... y ves a aquellos saltarse las normas en tus narices. Muchos tienen un primer instinto muy propio de nuestro tiempo, fotografía al canto y a espacirlo por las redes sociales con una frase muy española: "manda cojones". (No voy a hablar como si yo no lo hubiese hecho, porque soy culpable de criticar y juzgar, igual que el 99% de los mortales). Si tú no estás en ese porcentaje, enhorabuena, tienes el juzgómetro muy equilibrado. 

Hoy mismo, dando un paseo (en la franja horaria que me correspondía, por supuesto) he visto una nanny que iba paseando a un niño de unos 3 años y venían hacia nosotras. Un viernes a las 6 de la tarde. El niño, con la nanny. Lo primero que he pensado: "qué fuerte esos padres... que lleva su hijo encerrado 50 días y no se dignan a salir con él". Inmediatamente después, como estoy "entrenando", me he parado a pensar: ¿Y yo que sé sobre la situación de esta familia? ¿Y si los padres de ese niño son cirujanos que están ahora mismo salvando una vida? ¿O reponedores del Mercadona con un turno de tarde? O, simplemente, hoy han decidido, porque les da la gana, que dejaban que el paseo lo disfrutara la nanny en lugar de ellos? - ¿QUÉ SÉ YO? y, lo más importante, ¿QUIÉN SOY YO?. Nadie, más que una mamá más, paseando en la franja de los niños y afortunada por poder elegir cuándo y cómo salgo a pasear con mi hija. 

Resultado de este pensamiento de micro-segundo, me he echado a un ladito con mi peque para dejarles pasar (el camino era estrecho), les he sonreído, tanto a la nanny como al niño, y le he dicho al pequeño que me gustaba mucho el palo que llevaba en la mano. Cuando terminaron de pasar, el niño seguía mirándome y me ha dicho algo que me pareció entender como algo así: "lo he cogido yo". (Un campeón, vamos!). 

Esta "gran" aventura del día me ha enseñado, una vez más, que Vivir Sin Prisa es mucho más sano. Vivir sin juzgar es también muy recomendable. Lo que he conseguido con este cambio de chip es: pasar de un estado de enfado y asco (por juzgar un comportamiento que en mi mente es inaceptable), a un estado de alegría y paz, al ver que con mi gesto, lo único que había provocado en los demás era un sentimiento bonito: mi hija vio cómo su mamá era amable con la gente y aprendió una conducta positiva, el niño se sintió halagado porque el palo que había cogido era reconocido por una extraña y, la nanny, que seguramente haya sido duramente juzgada durante toda esta pandemia, se encontró con una sonrisa amable. Y cito a una muy buena amiga mía, que tuvo un momento de salto con un conductor de autobús al que quiso abofetear: qué fácil es ser amable. Y añado: ¡qué fácil es no juzgar!

No sabemos nada de nadie

Como dice la imagen del principio, no sabemos cuáles son las circunstancias de la gente. Ni podemos comparar la nuestra a la de los demás. Para concluir este post, dejo unos versos de uno de los maestros a los que más admiro y de uno de mis libros insignia: La Vida es Sueño, de Calderón de la Barca. Os invito a apagar el juzgómetro, los beneficios se ven a muy corto plazo

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.











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